jueves, 31 de enero de 2013

Email del 31 de enero 2013

Michael Sowa, Invitation (s.XXI)


Querida:

Víctor es heterosexual, aunque sólo mide 157 cm; su mujer Davinia, que es sueca, es bisexual y su perro Hugo Boss manflorito. A Víctor nunca le llamo por su nombre, siempre he preferido utilizar su ortóptero y poco inteligente apodo: Cri-cri. A Davinia la llamo Vulnavia, porque me recuerda a ese personaje que interpretó de una manera tan lánguida como admirable la guapísima Virginia North, y a su perro Hugo Boss, bueno, a él simplemente le grito onomatopeyas sin sentido provenientes de Venus o Urano. A menudo convive con ellos el hermano de Alfredo cuyo nombre es Rómulo, aunque yo lo llamo Remo, y que según sus propias palabras es trisexual. Víctor me llama Crazy, Davinia me llama Teodorico, Hugo Boss, Guauuuu y Alfredo, que es un poco más original que el resto, se dirige a mí como "El último nihilista vivo". Cuando va a visitarlos la madre de Davinia, algo que sucede en contadas ocasiones, Hugo Boss se esconde debajo del felpudo aunque siempre se le ve el rabo en continuo movimiento. Se llama Kerstin (la suegra de Víctor, no el rabo de Hugo Boss) y está muy bien conservada para su edad. Su yerno la llama Karin, pero ese nombre le molesta a Davinia que prefiere dirigirse a su progenitora como Heil Kerstin, seguramente por la forma tan dictatorial con la que la educó en su infancia. Por su parte, Karin llama a su hija Missy y a Víctor, Pulgarsito, con "s", porque nunca se le ha dado bien pronunciar la "c". Cuando coinciden Rómulo y Kerstin, la diversión está asegurada. Kerstin está convencida de que es anorgásmica y Rómulo la llama Analicia, creyendo que la anorgásmia es el orgasmo resultante del sexo anal. Cuando Davinia le explica una y otra vez que simplemente es la inhibición o falta de orgasmos, este se toca los genitales y suelta barrabasadas pornográficas en catalán. En esos momentos, y ocultando sus ganas de asesinarlo, Kerstin lo llama con desprecio y sorna "Immanuel Kant".

Un día Davinia me invitó a comer. Mientras yo me decidía, me apuntó que también asistirían Rómulo y Kerstin, y además la hermana de esta y su perrita. Todavía no sé porqué, pero accedí. Llegué media hora antes de lo que tenía previsto, seguramente por culpa del taxista, y nada más entrar me presentaron a Ingrid y Frufrú. Ingrid, que era la hermana de Kerstin, era infrahumana y espectacular, lo mismo que su tacatac. Se vestía como si fuera una quinceañera, con mallas de lycra y tacones de 10 cm. Era un espectáculo verla andar, pero también escucharla, porque su castellano brutalmente mestizado con el sueco era imposible de entender, ni siquiera para su hermana o sobrina. Frufrú era una chucha con aspecto de ladilla antropomorfa, pues adoraba caminar erguida. Su color era similar al de un meteorito cuando se desintegra al entrar en contacto con la atmósfera y sus ladridos dignos de un osobuco poco hecho. Cuando nos sentamos a la mesa, Ingrid dijo algo que nadie comprendió y Alfredo soltó un eructo. Mientras intentaba cortar el filete sentí un par de mordiscos en ambos pies; eran Hugo Boss y Frufrú que competían para ver quién poseía la mordida más salvaje; el vencedor fue Hugo Boss, al que casi estrangulo en un descuido. Mientras nos servíamos el postre, Kerstin dijo que a su hermana sus amigos la llamaban "Ansjovis med läcker urin", que en sueco quiere decir "Anchoa con pérdidas de orina", aunque cuando era joven y bonita su amante Albrekt, descendiente directo de vikingos, se dirigía a ella con el apelativo cariñoso de "Liten mask", "Lombricita" en castellano. Nada más escuchar lo de lombricita, Rómulo decidió que de ahora en adelante se dirigiría a ella como "Lombricita motorizada". Supongo que por el tacatac, no sé... en esa familia todo es posible.

Después de retirar los platos y vasos de la mesa, nos sentamos en el sofá chaise longue de cuero y Alfredo nos sirvió champagne en vasos de papel. Mientras observaba la cara de pimiento de piquillo que ponía Davinia, mirando con ojos inyectados en sangre a su marido, noté como si hubiera metido los pies en una alcantarilla; los sentía húmedos, mojados y calientes. Hugo Boss y Frufrú competían nuevamente, esta vez para ver quién orinaba más litros sin deshidratarse, y ambos, de mutuo acuerdo, habían decidido experimentarlo sobre mis tobillos. Esta vez la campeona fue Frufrú que después de su hazaña se creyó superior y le dio un buen bocado a Hugo Boss en la trufa, que corrió despavorido y se ocultó debajo del felpudo, su lugar favorito para no existir.

No voy a contarte cómo acabó la tertulia que siguió al champán; ni siquiera voy a enumerar los insultos, improperios y ladridos que se dedicaron los unos a los otros. Cuando me despedía de semejante núcleo familiar, Hugo Boss y Frifrí incluidos, y agradeciendo la bonita velada y mientras que con la mano sujetaba con fuerza el pomo de la puerta, pude escuchar una voz quejumbrosa, que me pareció la de "Ansjovis med läcker urin" que decía algo así: "yo mei lo follarría enciman del tatacac".


Un beso y un saldo (o un saludo)

miércoles, 30 de enero de 2013

Segundo email del 30 de enero 2013

GlennBrown, Architecture and Morality (2004)


Hola por tercera vez, (aunque en dos emails):


No me tomes por loco, pero el zumo embotellado de naranja con pulpa que suelo comprar habla. Hacía varios días que escuchaba toses y carraspeos que provenían de la nevera, pero no hice mucho caso porque el electrodoméstico está situado al lado del tabique que separa mi casa de la del vecino, y suponía que alguno de los que viven allí estaría resfriado o afectado por algún tipo de alergia. Pero hace un rato el tetra brik ha hablado. Me ha sugerido que yo debería mudarme de calzoncillos cada siete meses y de calcetines cada media hora. Por lo menos eso es lo que he entendido... Claro que en rumano y con la misma fonética se puede decir "la habichuela cercenada cohabita en un andurrial barato"... Sí, ya sé que no tiene sentido, pero el brik está fabricado en Bucarest y, si lo analizo, menos sentido tiene lo de los calzoncillos y calcetines. Como sabes, soy un políglota nato y domino catorce idiomas y cuatro dialectos, aunque todavía no tengo claro el signifcado de esa palabreja (políglota).

Hace algunos meses me sucedió algo parecido. Me encontraba desesperado tratando de buscar mi bonita cabellera, cuando una silla se quejó de mi brusquedad. Para ser exactos, escuché algo así como: "Si quieres que te dure toda la vida, trátame con dulzura, pedazo de animal". El problema es que fonéticamente suena como "cientos de cernícalos autocompetentes deslizan bilirrubina mareada", en indostaní. Y la silla es india, la adquirí en Nueva Delhi el mismo año que me miré al espejo por tercera vez.

Si trato de ser coherente, llego a una conclusión poco esperanzadora: estoy como una cabra. Y si estoy loco, debería ponerme en tratamiento, pero tengo verguenza de contarle estas cosas al psiquiatra. La última vez que conté cosas parecidas a un psicólogo, se enganchó al Hare Krishna y ahora se hace llamar Kalu Maya. Necesito tu consejo. Si no puedes darme un consejo, por lo menos dame 100 euros. Con esa pasta trataré de escapar del comedor y la cocina hasta el reducto privado que es mi habitación. En mi habitación los muebles o electrodomésticos no hablan, pero para llegar hasta allí necesito coger un taxi, y creo que en el vater hay una parada.

Que sí, que voy a tomarme la medicación, que te lo prometo...


Un abrazo.

Email del 30 de enero 2013

Tom Wesselman, Bed Room Party 20. 1969


Hola:


Por algún extraño motivo esta noche he soñado con Pener. En realidad se llamaba Peter Thomas y era de ascendencia británica, pero para abreviar le llamaban así. Este tipo estaba bastante chalado, pues entre otras cosas tenía un pasatiempo que sacaba de quicio a sus colegas o a cualquiera que se pusiera cerca de él…Y es que, cuando menos lo esperabas, Pener te ponía su pene en la mano, en el hombro o en la oreja. Daba igual que la víctima fuese masculina o femenina, hétero o bisexual, si la conocía mucho o casi nada, el resultado siempre era el mismo: un pingajo de carne flácida y caliente rondando cerca. Aunque con el tiempo recibió varias palizas de manos (y pies) de algunos tipos que no se tomaban con demasiado sentido del humor su afición, él nunca cambió de costumbre e incluso la elevó a cotas absolutamente desquiciadas. Como cuando restregó su cosa por todos los pescados frescos que con orgullo exponía en el mostrador una pescadera del barrio (para ser honestos con mi amigo, debo decir que evitó rozar al marisco, quizá tuviera miedo de una amputación traumática). O cuando se la puso encima del bigote a uno de los mayores homófobos que he conocido en mi vida, y este fulano, anonadado por la visión y supongo que por el aroma a virilidad enloquecida, sufrió una trombosis coronaria que lo incapacitó durante tres largos años para ejercer la abogacía (y de paso la homofobia). La verdad es que Pener no estaba loco realmente sino que era alcohólico e inhalaba Popper. Su cerebro se estaba licuando, pero a él no le importaba. Todo lo que quería era escapar del mundo y al final lo consiguió. Murió a los 28 años, atropellado por otro borracho.

No sé por qué te escribo esto; quizá porque no tengo otra cosa que contarte, o por que me ha parecido una historia para transmitir de padres a hijos (sí, ya sé que no tienes hijos, pero tienes primos y cuñados). La verdad es que hubiera preferido tener una amiga que se sacara una...bueno, ya sabes, y no este pobre tipo, aunque si quieres que te sea sincero, incluso de él aprendí algo muy importante: nunca se debe enseñar el pito, si no es bonito.


Besos.

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Hola otra vez:


Contemplar la fruta en un ultramarinos ya no es el orgasmo visual y olfativo que antaño suponía. Los tiempos están cambiando; somos los protagonistas de una involución total que invariablemente nos llevará al caos y la desolación. Es posible que dentro de unos pocos lustros inventemos la rueda, otra vez.
Hoy, como siempre, he comprado unos cuantos kilos de frutas variadas, aunque si fuera más listo podría haber invertido ese dinero en adquirir un mueble viejo para comérmelo a pedazos despues del almuerzo, la cena o simplemente como reconfortante tentenpié. Estoy seguro de que su sabor, con termitas incluidas, hubiera sido más satisfactorio que las frutas que en estos momentos descansan agobiadas en el frutero de cristal al lado de la nevera. Tendrías que ver el aspecto de las manzanas Fuji; si no fuera porque sucedió hace casi un siglo, creería que son remanentes de la primera guerra mundial. Y eso que he escogido las más aseadas. De los plátanos poco o nada se pude decir. He visto cagadas de perro más atrayentes y, puestos a suponer, con mejor aroma. Pero es lo que hay. O lo tomamos o lo dejamos. ¡Ah, qué tiempos aquellos cuando podía coger las peras de la rama! ¡Eso sí era fruta! Lo que nos venden hoy no es digno de ese nombre; supongo que tendríamos que buscar un vocablo que fuese mucho más exacto para definirlo. Se me ocurren varios, pero estoy demasiado bien educado como para escribírtelos.

Otra cosa que me causa impresión es la cara de los fruteros, sean o no nacionales. Ninguno te mira a la cara cuando te cobra, seguramente porque todavía conservan algo de dignidad y les da verguenza el material que te están endosando. Si les recriminas la mala pinta de sus productos, se excusan echándole la culpa a los agricultores; pero estos, a su vez, delegan en los intermediarios, y los intermediarios, todos, sin excepción, padecen de hemorroides.

Para acabar este segundo email, voy a contarte una anécdota que me sucedió cuando era tonto (de esto no hace demasiado tiempo). Estaba cierto día sentado cerca de una frutería, cuando algo se me posó en la oreja. Al principio creí que era una avispa, pero como estaba blandita y caliente me imaginé que serían las manos de una amiga a la que rondaba para obtener sus favores. Me equivoqué. Era la minga de Pener, ya sabes, el tipo sobre el que he despotricado en el texto anterior...


Un besazo.

domingo, 27 de enero de 2013

Email del 27 de enero 2013

Agostino Arrivabene, Martyrium. 2011


Querida:


Si por cada día malgastado me dieran un rábano, ahora podría ser el dueño de la verdulería más grande de mi ciudad. Detesto con todas mis fuerzas el sabor ligeramente picante de los rábanos, y también su forma o aspecto, pero me siento frustrado e insatisfecho por el tiempo perdido, las jornadas irrecuperables, y sobre todo, por haber sido tan tonto como para no darme cuenta de que obraba de una manera tan necia e imprudente. Al mirar hacia atrás, no puedo dejar de sentir un dolorcillo en las cervicales que me recuerda que sólo hay que concentrarse en el presente; pero este me parece frío, irreal, una especie de sueño perturbado invadiendo el cerebro sosegado de un inconsciente. Podría empezar a esbozar el futuro, pero nunca se me ha dado bien el diseño, así que prefiero seguir tirado en la cama, volando con el deseo y haciendo de la incapacidad social una disciplina. Soy un voyeur ciego, una cuerda deshilachada, un tocón que no arde. Cuando me pica una pierna, me rasco; cuando me duele un brazo me alarmo. Me encuentro tan perdido como Hansel y Gretel, pero ya no me importa demasiado.

Los rábanos asados con anchoas eran la comida favorita de mi otro Yo, ese que ejecuté a golpes hace tantísimos años, ese individuo parido al mismo tiempo, y pegado a mí con una especie de masilla volátil e invisible que disimulaba perfectamente las junturas. Mientras él devoraba la pitanza, yo planeaba su futuro, que se agotaba a marchas forzadas. Se trataba de su supervivencia o la mía. No podía haber dos alimañas descansando juntas en el mismo cubil.

La noche cada vez es más corta e inestable; pronto podré asomarme a la ventana sin miedo a mojarme la cabeza. Creo, aunque no estoy seguro, que en primavera y verano no hay rábanos a la venta. Mañana me informaré. De todas formas, este email trataba sobre mi estado de percepción y el de mi conciencia, no de rábanos. Todo lo que he escrito acerca del conocimiento sobre mí mismo es la pura verdad, pero el resto es una mentira tan grande que me siento avergonzado. Pido perdón a los rábanos por el maltrato al que han sido sometidos a lo largo de estas incoherentes líneas. Juro que no volveré a ser malo con ellos y, por extensión, con ninguna hortaliza o verdura, pero no puedo prometer que no siga escupiendo el profundo malestar que experimento cuando me miro reflejado en el espejo, o cuando escribo sobre el ser que más conozco: yo mismo.


Besos.

viernes, 25 de enero de 2013

Email del 25 de enero 2013

Marcel Duchamp, 50 cc d'air de Paris. 1919


Hola:

Puedo doblar el aire. Puedo mojarlo e incluso trepanarlo. A veces lo guardo en una cajita vieja de madera a la que he practicado unos agujeritos para que escape. Cuando me siento decaido lo trato con desdén, ludibrio o indiferencia, pero siempre sé cuando debo detenerme, y entonces, lo acaricio suavemente con las pestañas del apego. Nunca lo maltrato; quiero decir que nunca le hago daño físico. Entiendo su posición equivalente dentro de un cosmos ordenado y armonioso que se expande. A menudo mantengo conversaciones eternas con él, aunque siempre se mantiene distante, calculador y precavido. Le he comprado una correa de terciopelo con un enganche cromado y lo paseo por la calle. No me importa demasiado lo que la gente pueda pensar. Es mi aire y lo disfruto de la misma manera que un exégeta interpreta un texto folológico. Puedo nimbarlo, ungirlo y entronizarlo. Me gusta presenciar como riela, como fulgura o resplandece. Como amariza, como empata o infatúa  Cuando pìerde la paciencia lo apapacho con cuidado, intentando que evalúe los motivos, pero defendiendo y razonando sus dudas, sus temores y sus recelos. Un día lo expuse a la zarracina y se constipó. Me senti culpable durante varias horas, hasta que llegó un momento en que no lo pude resistir y lo tendí del revés en una cuerda, pero se arrugó y las marcas de las pinzas lo sumieron en una depresión de la que no pudo librarse hasta que le regalé un copihue rojo.


Un saludo.


PD: Es posible que pienses que soy un pedante por utilizar palabras raras o poco usadas. En el pasado he utilizado esta técnica y así me lo has hecho saber, porque para mí es una técnica, un ejercicio vandálico y una especie de vapuleo terrorista al idioma castellano, al que muchos tratan de aniquilar ensalzando sus gruñidos onomatopéyicos y desquiciados o simplemente, escondiendo el diccionario debajo de la cama, junto al orinal que rebosa con sus frustraciones y fracasos. También, y tú que me conoces estarás de acuerdo, es la interpretación traviesa de un actor sin método y zumbado, perpetrada, compuesta y transcrita por un idiota introspectivo que se hunde, y que no quiere detener el proceso. Sí, me hundo, pero es mi problema. Quizá debería decir que ya estoy sepultado en la mierda...

martes, 22 de enero de 2013

Email del 22 de enero 2013

Louise Bourgeois & Tracey Emin, Come to me. 2008


Querida:


Un individuo solitario está sentado en el borde de un precipicio. La fuerza de su inconsciencia le ha llevado allí. Durante unos segundos estudia el abismo que debería engullirlo y al mismo tiempo librarlo de esa serie de repeticiones inalterables que conforman la vida. Mientras decide su futuro, sus ojos observan y analizan la inmensidad de la Creación que le rodea y que amenaza con purificar sus pensamientos suicidas desvirtuados. Durante un lapso de tiempo indeterminado, se siente insignificante y libre. El vacío que se escondía en sus silencios desengañados cobra un nuevo significado. Por primera vez se siente liberado de la sensación que le oprimía y una sonrisa esperanzadora desdibuja su angustia y su miseria, aunque está convencido de que debe morir para justificar su pasado. Intenta deslizarse hacia la oscuridad de la caída pero una fuerza redentora e invisible se lo impide. Avergonzado, trata de escapar del bucle en que se ha convertido su existencia y decide reconducir su aquí y ahora… Inesperadamente, sufre un ataque prolongado y salvaje de hipo que paraliza su diafragma. Y muere.

Seguramente te avergonzará la última línea, pero el singultus o hipo existe y debe ser exaltado como lo que es: un padecimiento absolutamente imbécil, digno de protagonizar cualquier deceso inesperado, y sobre todo, una fuente de hilaridad sublime para cualquier escritorzuelo de chistes de bar. En algún lado he leído que Dios padecía de hipo persistente y que para olvidarse del problema que atenazaba sus aires de grandeza imaginaria, decidió crear al hombre, y al comprobar que a pesar de todo las contracciones espasmódicas, involuntarias y repetitivas de ese maldito músculo que separa la cavidad torácica de la abdominal continuaban, le regaló a este una compañera con la que saciar la lujuria y al mismo tiempo una esclava para que le enjuagara los calzoncillos y elogiara el tamaño de su miembro viril en estado de excitación máxima. Pero, como suele suceder en estos casos, algo falló: la mujer se negó en redondo a recoger sus calzones sucios y desgastados del suelo y progresivamente aprendió a procurarse placer con la fruta que crecía en el árbol prohibido, hasta que llegó un momento en que este tipo ruin y despreciable convenció a la serpiente que vigilaba el paraíso para que le hiciera una felación rápida pero reconfortante, con la promesa de instalarla en un pisito bien acondicionado y con todos los gastos pagados. Y mientras todos estos hechos se desencadenaban sin una lógica aparente, el Ser supremo, omnipotente, creador y señor del Universo tuvo que inventar a toda velocidad una farmacia celestial para que le dispensaran Proclorperazina sin receta médica.

La verdad es que prefiero sufrir los rigores del hipo agudo durante toda una vida, a escuchar una conversación entre una peluquera y sus clientes o un discurso de Mariano Rajoy. Aunque escuchar a una peluquera comentar el último discurso de nuestro idolatrado presi con sus clientes puede llegar a ser incluso letal. Siento ser tan extremista con mis opiniones, y más si se trata de menospreciar a un tipo como él, creado por y a semejanza de ese Dios exultante de gozo, que quiso que padeciésemos lo mismo que él había soportado con sus problemas fisiopatológicos, cuando al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.


Un saludo.

lunes, 21 de enero de 2013

Email del 21 de enero 2013

Agostino Arrivabene, Lo psiconauta. 2007


Hola:


Me siento viejo, cansado y sin ideas, así que cuando me hablo a mí mismo sólo escucho el sonido de las campanas agrietadas que repiquetean en alguna parte del cerebro. Sé que no es el momento adecuado para sembrar más dudas, ya que acepto el silencio que rodea cada uno de mis innumerables actos como un mal menor dentro de un conjunto absurdamente preciso. Intento seguir hacia delante; a veces lo consigo, pero aún así, no puedo dejar de pensar en la sensación de euforia que experimento cuando caigo.

Trato de mantener alejada a la inseguridad, que de alguna forma predetermina las emociones, pero ésta, en lugar de concentrarse en un punto indefinido, alimenta el falso horizonte que se dibuja en cada reflejo, cada sombra o incluso dentro de mi carne. No soy más que una parte de la inmensidad imaginaria, una extensión mal delimitada, un suceso previsible aunque distante, sin embargo, no puedo de dejar de complacerme ante la absoluta dejadez que me provoca el género humano, ese mal supremo que descompone y degrada cada uno de los días, y algunas de mis noches.

Estoy petrificado, puede que en un peldaño inferior, pero es algo que no me importa demasiado. Soy un equilibrista parapléjico que detesta la tensión total del alambre. Cuando nadie me mira, saboteo el presente. Me encuentro a años luz de la pasión, la misericordia o la condescendencia. Soy un pirado, y viajo por las mentes de los absueltos o protegidos a la velocidad de la luz. No puedo detener la corriente. ¡No debo detener la corriente!

Y desde el mismo instante en que mi madre hizo un supremo esfuerzo para liberarme de la prisión amniótica, sé que mis días están agotados. Me siento como un alacrímico al que han condenado a sollozar; sin sensaciones imprecisas revoloteando la corteza cerebral, sin las sincronías paralizantes y oblicuas que determinan el carácter, en definitiva, sin las interferencias primitivas que aprisionan la lógica.


Un saludo.

sábado, 19 de enero de 2013

Email del 19 de enero 2013

Andy Warhol, Telephone


Querida:


Al insomnio le ha salido un aliado, se llama Sento y tiene voz de pangolín, pues sólo a un estúpido se le ocurriría equivocarse de número de teléfono a las cinco de la madrugada preguntando por una tal Maica.

YO: Diga
ÉL: ¿Maica?
YO: Sí, soy yo
ÉL: ¿Maica?
YO: Sí, soy Maica, es que fumo demasiado y tengo la voz ronca.
ÉL: Soy Sento, ¿Te vienes a Aroma?
YO: Oye Sento, no soy Maica, ella está conmigo en la cama, pero está durmiendo.
ÉL: ¿Maica?
YO: ¿Quieres que te lo repita en siamés?
ÉL: ¿Por qué respondes con su teléfono?
YO: Mira, no quiero hacerte sufrir más. Te has equivocado, imbécil. Y son las cinco. Me has despertado y me dormí a las cuatro. Ponte las putas gafas la próxima vez ¿Vale?
ÉL: ¿Me he equivocado?
YO: Sí, deberías volver a la escuela, te fallan los números, o por lo menos al oculista.
ÉL: ¿Maica?
YO: Sí, soy Maica pero ahora estoy ocupada haciendo un bukkake con 5 tíos. Adiós.
ÉL: ¿Maica?

Al minuto de haberlo colgado, el aparato volvió a sonar. O el tío era idiota o Maica era un travesti.

ÉL: ¿Maica?
YO: Tío, que no soy Maica. Te has equivocado de número. ¿Por qué no te suicidas de una puta vez?
ÉL: ¿No eres Maica?
YO: No, me llamo Olaf y soy noruego, así que debes estar gastándote una pasta con la llamadita.
ÉL: ¡Oh, perdone señor Olof!
YO: No te perdono, me has jodido el sueño. Vete a hacer puñetas y a ver si dejas de molestar, especie de acémila desfasada. ¡Ah, y es Olaf, Olaf!
ÉL: ¿Acimila?
YO: Acémila. A-C-É-M-I-L-A.
ÉL: ¿Qué es un acimila?
YO: Tú. Adiós, cenutrio.
ÉL: No, no soy conutrio, soy Sento.

Casi me cargo el teléfono al colgar, aunque segundos después lo volví a descolgar, no fuera que semejante excremento humano volviera a molestarme y me acosté de nuevo. Como es habitual en los insomnes, el sueño ya no volvió a presentarse y tuve que levantarme. Para matar el tiempo, decidí pensar en las cosas que le haría a Sento si lo tuviera encerrado en una habitación, pero al final opté por abrigarme y salir al balcón a maullar.

No puedo llegar a entender cómo existen tipos que llaman a sus novias, amantes o amigas a esas horas de la mañana, y sobre todo a los que se equivocan. Si la llamadita hubiese sido a las cuatro de la tarde, no me hubiera puesto tan violento, supongo...

YO: ¿Diga?
ÉL: ¿Maica?
YO: Maica está en estos momentos con la boca ocupada.
ÉL: ¿Está comiendo?
YO: Sí, y come algo que le gusta mucho y que tú no le das.
ÉL: ¿Phoskitos?
YO: Exacto, un Phoskito de 18 centímetros. Adiós.
ÉL: No existen Phoskitos tan grandes.
YO: ¿No?, Deberías ver el que tiene ella en la boca ahora. Adiós.
ÉL: Espera, ¿dónde los compras?
YO: ¿Dónde compro el qué?
ÉL: Los Phoskitos gigantes.
YO: Ejem, pregúntaselo a ella. Buenas tardes.

Creo que en este blog he escrito cerca de 300 textos; una tercera parte tratan sobre los idiotas y el resto sobre los seres humanos en general. A veces he sido duro con los primeros, pero ahora me doy cuenta de que siempre me he quedado corto. ¿Existe la inteligencia o, por lo menos, el razonamiento humano o simplemente son dos palabrejas que alguien inventó para justificar la parálisis cerebral? A veces dudo que yo pueda pertenecer a la misma raza que algunos sujetos: o bien ellos son superiores o lo soy yo, me es indiferente. Lo que está claro es que no somos hermanos de creación. Menos mal que aún existen personas que piensan, aunque están tan desparramadas por el mundo que resulta realmente difícil encontrarlos y conocerlos. Recuerdo cierta llamadita que me sacó de quicio hace un par de años...

YO: ¿Diga?
VOZ: Tío, ¿sabes con quién me acosté ayer?
YO: Supongo que con un mamut...
VOZ: Jajaja, no, ¡Con María!
YO: Pues la pifiaste; tiene gonorrea.
VOZ: ¿No me jodas?
YO: Sí, así que ya puedes ir al urólogo para que te chute un litro o dos de de penicilina.
VOZ: La he cagado, la he cagado...
YO: Si, la has cagado. Ahora cuelga y corre a urgencias.
VOZ: Pero si yo soy médico... ¿Eres Carlos? Tú no eres Carlos. ¿Quién eres?
YO: Soy el propietario del número al que estás molestando. ¿Y sabes una cosa? Estaba duchándome cuando sonó tu puta llamada...
VOZ: Entonces, ¡no tengo gonorrea! ¡No tengo gonorrea!
YO: No en el pito, pero sí en el cerebro. Adiós chalado.
VOZ: ¡No tengo gonorrea!

Pero podría transcribirte un montón de llamadas de este calibre o incluso superiores. Recuerdo una...

YO: ¿Sí?
VOZ: Hola nene, ¿Cómo lo llevas?
YO: Bueno, pues estaba esnifando Jenkem en estos momentos, ya que me has pillado en el váter. ¿Quién eres?
VOZ: Soy Raúl, tío. Que no te enteras, coleguita...
YO: ¿Raúl?, no conozco a ningún Ra...
VOZ: Espera que quiere ponerse Martina.
MARTINA: Cosita, te echamos de menos, ¿Qué es de tu vida?
YO: Bueno, pues...
MARTINA: ¿Sabes? Raúl me acaba de regalar una chupa de Dolce & Gabana súper guapa.
YO: Pues me alegro pero creo que os estáis confun...
MARTINA: Te paso con Raúl.
RAÚL: Si, nene, es una chupa de 400 euros.
YO: Raúl, no te quiero asustar, pero te has equivocado. Has llamado a la morgue.
RAÚL: ¿Cómo?
YO: Te repito que has llamado al depósito de cadáveres. Hablas con el doctor Gregorio López.
RAÚL: ¡Coño! [Dirigiéndose a Martina] Tía, estás cegata, ¿Dónde cojones has llamado?
YO: ¿Necesitáis algún cadáver?
RAÚL: Oh no, no, no. Perdone. Ha sido una equivocación. Lo siento.
YO: No importa. Ya que habéis llamado, ¿No os gustaría haceros donantes?
RAÚL: No, no, Perdone. Adiós.
YO: No colguéis, por favor. En estos momentos estamos necesitados de pulmones, hígados y córneas.
RAÚL: ¡Dios santo!, Perdone, doctor. Adiós...

Supongo que Martina se llevaría una buena reprimenda ese día, o quizá no. Francamente, no me quita el sueño. Lo único que verdaderamente me interesa es no ser molestado por cafres, pero por algún motivo, todos me llaman a mí. Las equivocaciones telefónicas deberían estar penadas por la ley, por lo menos con tres o cuatro años de cárcel o con una incapacitación de por vida. Hasta donde yo puedo recordar, sólo una vez en toda mi vida, me he equivocado al marcar. Sucedió hace más de 35 años. Trataba de llamar a una chica que me gustaba para hacerle ruiditos raros con la respiración y por error marqué el número de un sacerdote:

YO: Ahhhhgg, ahhhhhg...
CURA: ¿Quien es?
YO: Aaaahhggg, aaaahhggg…
CURA: El padre Ahg no se puede poner en estos momentos, está celebrando la Santa eucaristía.
YO: Aaaahhgggg...
CURA: Pero no se preocupe, le transmitiré su mensaje.


Besos y abrazos.

martes, 15 de enero de 2013

Segundo email del 15 de enero 2013

Elisabeth Sonrel, Our Lady of the cow parsley. S. XIX


Hello, it´s me again:


Hace un rato me han presentado a una simpática y dinámica ramita de perejil. Al principio me ha desagradado su aspecto estirado y su pose de diva altanera y satisfecha, pero al cabo de unos minutos me he sentido prendado de ella y me la he llevado a casa. Ahora la tengo en un vaso de agua mineral, pero dentro de un rato la descuartizaré con unas tijeras de cocina y esparciré sus mutilados trozos sobre una rodaja de merluza. La quiero con todo el amor que la naturaleza caprichosa me autorice a desperdiciar pero, al mismo tiempo, soy consciente de que me sirve para otros fines. Soy humano, es decir, interesado, previsible e hipócrita, y como tal, no puedo dejar que las emociones influyan sobre los hechos; también me considero práctico, así que en lugar de adorarla como a una Diosa y colmar sus deseos manteniéndola con vida, he decidido sacrificarla en beneficio de mi salud física. Creo que podríamos haber sido muy felices caminando juntos por la playa o tumbados entrelazando nuestros brazos y ramas bajo la noche completamente tachonada de estrellas, pero no puedo permitirme el lujo de ser un inconsciente. Me la comeré, y la degustaré con un placer escabroso, mientras una lágrima de cocodrilo se desliza sobre mi mejilla. No existe mayor deleite que comerse a la persona que amas... Bueno, es una suposición, nunca me he comido a nadie, pero todo es empezar. Podría hacerme llamar "el caníbal de Benimaclet" y pasar a la historia ocupando titulares de prensa y entradas de blogs dedicados a serial killers. Pero caray, sólo es un puto vegetal. No piensa, no se ríe, ni siquiera es consciente de su pasado, presente o futuro. Fue creada para acabar condimentando un alimento, y otro final diferente hubiera sido un epitafio insulso para la verdulera que con aspecto henchido de falso gozo me la regaló.


XX

Email del 15 de enero 2013

Glenn Brown, Lemon Sunshine. 2001

Hola:



Después de las acostumbradas maldiciones de medianoche, dedicadas al dios de la decrepitud, me senté en mi despacho y decidí escribir un mini cuento en tercera persona. Al principio no estaba totalmente seguro sobre el argumento a desarrollar, pero al cabo de unos diez minutos este se materializó en mi cerebro y no tuve ningún problema en vomitarlo sobre la hoja de Microsoft Word 2010.


"Vicente García, postrado en su cama de madera de ébano con incrustaciones en nácar, no podía seguir soportando aquellos terribles dolores. Un grano, de casi dos centímetros, repleto de grasa amarillenta y situado en la punta de su nariz le estaba volviendo loco. Al principio, pensó en amputársela con un cortaúñas y dársela para desayunar a su perro Max, pero en cuanto lo meditó un poco, llegó a la conclusión de que Max no existía. Nunca había tenido mascotas, pues a la bruja de su mujer le molestaban. Mientras decidía que era preferible, si reventar el forúnculo o cercenar la nariz, sintió deseos de levantarse e ir corriendo, aunque por supuesto con una tirita en la napia, a comprar un buldog inglés a la tienda de animales más cercana. Pero no pudo hacerlo. Sus piernas habían desaparecido. Intentó gritar, pero de su boca sólo salió un estertor difuso, más parecido al ruido que emite un vendedor de lotería con cáncer de laringe que a un aullido humano. -¡Quizá todo es un sueño, sí, mañana me despertaré y todo volverá a la normalidad! -pensó mientras trataba en vano de llevarse  los brazos a la cabeza; pues sus miembros tampoco existían, ni su torso, ni siquiera la cabeza. Sólo un grano infecto, cubierto de pus que reía como un poseso y que se desplazaba reptando sobre la cama. La cama de madera de ébano."


Intenté releer mi cuento para corregir el estilo, pero al final decidí que no valía la pena perder parte de mi tiempo en una relectura inútil que no iba a llevarme a ningún lado, así que me acosté, apagué la luz y me dispuse a relajarme en los brazos de Morfeo. Generalmente suelo pensar en cosas agradables, como olas golpeando rocas o a mi vecino sufriendo una hemiplejia fatal, pero por algún estúpido motivo, no podía concentrarme en las ensoñaciones y el desvelo total estaba ganando la batalla. Un dolorcillo localizado en cierta zona de mi cara enviaba furiosas sensaciones nerviosas a mi cerebro angustiado. La nariz me molestaba; me puse la bata con el logotipo de Dartacan cosido al bolsillo superior y me dirigí al aseo. Encendí la luz y me coloqué delante del espejo. Lo que reflejaba no me dejó nada satisfecho. Un grano repleto de grasa amarillenta y situado en la punta de la nariz me estaba volviendo loco. Al principio pensé en amputármela con un cortaúñas y dársela para desayunar a mi perro Max, pero en cuanto lo medité un poco llegué a la conclusión de que Max no existía. -Espera, esto ya lo he vivido antes- pensé mientras trataba de llevarme en vano los brazos a la cabeza; pues mis miembros tampoco existían, ni el espejo, ni siquiera yo. Sólo un grano infecto, cubierto de pus que reía como un poseso y que se desplazaba reptando sobre los sueños y que de alguna forma no significaba absolutamente nada.


Un abrazo

lunes, 14 de enero de 2013

Email del 14 de enero 2013

Christopher Stott, 7.00,8,9. 2009


Hola:


Acabo de aprovisionarme de tabaco, ansiolíticos, caramelos sin azúcar y coca cola light, los únicos manjares con los que alimento al cuerpo, y me dispongo a pasar una semana monástica en mi cuarto, apartado de los zombis humanos y sumido en la más absoluta displicencia. No todos los días uno rebasa el meridiano del número natural cien. Voy a descolgar los teléfonos y los pequeños brotes de alegría que aparecen de cuando en cuando y sumirme en la desesperación que provoca hacerse viejo. Si quieres ponerte en contacto conmigo tendrás que agenciarte un tam-tam o esperar a que mi cerebro digiera lo que le ha caído encima.


Un beso


PD:  ¡Ay, ay, ay!

domingo, 13 de enero de 2013

Email del 13 de enero 2013

Paul Cezanne, Potted plants. 1890



Hola:


En mi habitación viven catorce plantas, desde Scindapsus hasta Ceropegias. Por la noche, mientras yo duermo, ellas hablan de sus cosas, casi siempre eligen temas banales porque no quieren que me inmiscuya en sus conversaciones. A veces me finjo dormido y escucho como se lamentan de lo excesivamente fría que está el agua con la que las riego o sobre la relativa calidad del abono que compro. Están convencidas de que debería limpiar los cristales de la ventana semanalmente, pues según la Dieffenbachia, la suciedad que se pega a estos impide a la luz entrar en el interior de la estancia y su fotosíntesis resulta realmente agotadora. También se quejan, sobre todo un gran Cissus que cuelga majestuoso sobre una estantería, de que la música que escucho es, en general, demasiado insoportable y estridente, aunque se felicita por mi excelente gusto, sobre todo cuando pongo música clásica o rock sinfónico. La Tradescantia, que es un poco insolente, suele responder al resto con evasivas, y aunque no se siente desplazada del grupo, está convencida de que debería estar situada en el exterior, pues es suficientemente fuerte como para aguantar los rigores del invierno levantino y su natural perspicacia hace que congenie estupendamente con las suculentas y los cactus que viven en el balcón y que son especialmente incisivos y mordaces en sus manifestaciones. Además, y en esto suele insistir, mis vicios son demasiado perjudiciales para que sus hojas mantengan el lustroso color que la caracteriza. Generalmente, cuando se mete con mis vicios, se refiere al de fumar, aunque suele ser respondida por la Chamaodera con silbidos y abucheos, criticándole su nulo aguante y su excesiva finura de clase alta venida a menos. En un tema están todas de acuerdo: debería dejar de roncar. Pero la verdad es que yo no ronco; es el vecino de la finca colindante el que lo hace, pero prefiero que piensen que por lo menos tengo un defecto.


Un besazo

sábado, 12 de enero de 2013

Segundo email del 12 de diciembre 2013

Joan Miró, Figura en la noche guiada por las pistas fosforescentes de los caracoles, 1940


Hola por segunda vez:

Soy pobre, tan pobre como una rata. Las ratas no necesitan dinero para sobrevivir, pero siempre se dice que son pobres. Son tan pobres como un Gregory, pero sin los llamativos atributos físicos con los que me ha dotado la madre naturaleza, es decir, alopecia y comunismo. Las hormigas son comunistas y los cangrejos fascistas. Nuestro presidente tiene cara de cangrejo e incluso vocaliza como uno de estos, quizá uno de los más retrasados fonéticamente. A veces creo que hubiera sido mejor nacer del vientre de un aye-aye, y no tener que estar todo el tiempo implorando por una conversación inteligente. Todos sabemos que estos primates estrepsirrinos detestan los diálogos mordaces, conformándose simplemente con unos casi inaudibles lamentos similares a los estertores de un girasol encantado por un duende vendido a las fuerzas del mal. Los girasoles no piensan, pues no poseen la capacidad de distinguir entre un sollozo o un jadeo asmático. ¿Soy un girasol? no, soy una rata. Una rata asustada. Una rata a la cual se le ha pintado la cola del color de la desesperanza. Pero me gustan los girasoles, aunque no creen en la república. ¿Soy republicano? Sí, pero sólo delante de un fascista; y de los cangrejos. Pero agradezco el trabajo que se toman para parecer que lo tienen todo controlado y dispuesto.

Soy idiota, tan idiota como podría serlo un humano. Por eso me estremezco cuando oigo cantar a las sirenas en lo más recóndito de mi imaginación. Nunca me acostaría con una sirena. No podría soportar sus canciones hasta altas horas de la noche, además, mis gustos están más orientados hacia el jazz, y a ellas sólo se les permite improvisar música subacuática, repleta de burbujas de aire que ascienden a la superficie transformadas en sonidos crípticos e indescifrables. Soy un idiota infantil desde el momento en que creí en ellas. Pero existen, al igual que existen las ratas, las hormigas, los cangrejos y los aye-aye (ah, y los girasoles).


Besos

Email del 12 de enero 2013

Joan Miró, Femme à la blonde aisselle coiffant sa cheveleure à la lueur des étoiles, 1940


Ains:


Me he despertado con una sensación de ahogo y cansancio terrible, quizá debida a uno de los estúpidos sueños que he tenido esta noche y que todavía no he acabado de arrinconar. Te cuento: me encontraba ensimismado intentando doblar un gazpacho andaluz, cosa que antes ningún humano había conseguido, ni siquiera intentado hacer, cuando se me aparece mi hada madrina totalmente enfurecida porque no la felicité cuando batió la plusmarca de los cien metros lisos con varita mágica, y me condena a bailar el Gangnam style -ya sabes, ese bailecito subnormal en que se imita a un jinete montando a caballo,- cada vez que algún sujeto del planeta diga una estupidez, por lo que empiezo a danzar psicóticamente en ese mismo instante y no puedo detenerme hasta que cuatro horas después caigo muerto sobre el gazpacho derramándolo sobre el suelo y me despierto completamente sudado, descompuesto y con un dolor terrible en mis partes nobles. Pero... no quería enfocar estas líneas despotricando sobre los sueños, pues ya lo he hecho innumerables ocasiones y no quiero amargarte con ellos. Para mi email de hoy tenía pensado escribirte sobre la amistad, los amigos y el valor que puede tener conservar a los mejores, y no en aceite o almíbar precisamente.

Un amigo, se supone, es alguien con el que mantienes una confianza y, por supuesto, un afecto desinteresado, que en ocasiones puede rayar la demencia. Un amigo es ese ser imperfecto que en algunas ocasiones te pide dinero prestado y que jamás te devuelve los libros; en definitiva, un amigo, un colega, un camarada o compadre, es un osito de peluche viviente que periódicamente necesita que lo mimes, que le digas, y a veces incluso que le demuestres que él lo es todo para ti y que por conservarlo cerca durante eones estarías dispuesto a cualquier cosa, exceptuando bailar el Gang style cuando una hada te apunte en la cabeza con su varita cargada. Durante toda mi vida un innumerable número de amigos han aparecido y desaparecido pero siempre, y repito la palabra siempre... ¿Sabes? ya no quiero seguir con este tema, prefiero hablarte de las heridas en el glande. Una vez, hace varios años, introduje el pene en... ejem, mejor lo dejamos.

Llevo varios meses dándole vueltas a una idea. La he mareado tanto que se ha cansado y ha desaparecido, así que he tenido que fabricar a toda prisa otra que la sustituya. La nueva no era tan perfecta como la original, pero puede reemplazarla en ciertas ocasiones. Y lo que es mejor, me permite modificarla a mi antojo y no se siente humillada cuando la comparo con la anterior. No es una idea compleja porque mi cabeza ya no está para complicaciones, aunque puede llegar a convertirse en obsesiva. Como no quiero correr más riesgos, la he atado a un armario ropero y sólo le permito que crezca cuando me siento seguro de que no se apoderará de mi conocimiento puro y real. La mantengo a base de pequeñas dosis de reflexión y extravagancia y cuando me siento fuerte o despreciable la abofeteo hasta que me implora clemencia. Pienso hacer de ella mi fe de vida, mi talismán, mi mascota. Cuando ya no sirva para los propósitos para los que fue creada la desatomizaré y la convertiré en pequeñas partículas imprecisas de nada.

Sanatorio mental. Sanatorio mental. Sanatorio mental.



Un abrazo sin camisa de fuerza.

viernes, 11 de enero de 2013

Email del 11 de enero 2013

Vasily Surikov, Zubovsky boulevard in winter. 1889


Hola:


Me gustan los colores que producen las flores de las Thumbergias, las Ipomeas y las Clematis, pero advertir que hasta mediados de abril o incluso mayo no voy a disfrutar de ellas me produce cierta desazón. ¡No puedes llegar a imaginarte lo mucho que odio al invierno! y el desprecio que siento hacia la gente que lo prefiere a la primavera o el verano. Puedo entender que alguien pueda sentirse regocijado contemplando las hojas marchitas y marrones de los árboles o un poco depresivo ante las primeras escapadas a lo Houdini de la luz en el otoño, pero no me cabe en la cabeza que un sujeto que se considere inteligente aprecie esa estación fría, desapacible, oscura y opresiva durante la cual ni siquiera podemos cambiarnos de ropa sin tiritar como yonkis sufriendo el síndrome de abstinencia o contemplar las plantas del jardín, terraza o balcón con el aspecto que tienen en pleno solsticio de verano, cuando el sol alcanza su cenit sobre el Trópico de Cáncer.

Pensar que todavía quedan dos meses largos para que mi corazón y mi cerebro se aúnen en esa comunión privada y reconfortante que produce la amplitud del día sobre la noche, me empieza a pasar factura. Quiero babear ante el cromatismo fabricado por las flores mientras son iluminadas por los rayos del astro rey y absorben una parte de las ondas electromagnéticas al mismo tiempo que reflejan las restantes. Necesito percibir las longitudes de onda que sólo pueden ser disfrutadas en su totalidad al estar debajo de una luz radiante, abundante y refulgente. Ya no me siento con fuerzas para soportar estos meses de brumación metabólica y dormancia psíquica en las que lo único que se puede hacer para asesinar las horas es regocijarse de la completa estulticia biológica que rige nuestro demente e infecto calendario meteorológico.

Creo que si tuviera dinero emigraría a alguna parte del ecuador; supongo que a Manaos u otro país por el que cruzara el río Amazonas o algunos de sus muchos afluentes. Lamentablemente, con el cash del que dispongo en estos momentos en el bolsillo no puedo alejarme del rio Turia y de la basura y contaminación que se oculta en sus aguas marrones, desviadas de sus cursos naturales y con ese aspecto claramente fallero al que las hemos asociado. Y eso, lo mires como lo mires, es tan triste y desolador como estar seguro a ciencia cierta de que todo lo que vemos o podemos tocar es una especie de ilusión efímera que se desmoronará en el mismo instante en que reparemos en ello. ¿Somos algo más que los restos arrasados de la Nada?

Ahora, mientras intento despegar de la tierra con destino a alguna parte del Universo, ya no existen muchos factores que me impidan derramar algunas lágrimas sobre el ocaso de la Creación. Alguna vez fui una parte fundamental del Todo, aunque nunca me sentí a gusto demasiado alejado del impulso entrópico que significa sobrevivir en un lugar al que no se pertenece.


Un abrazo.

jueves, 10 de enero de 2013

Segundo email del 10 de enero 2013

John Singer Sargent, The birthday party. 1885


Hola de nuevo:

Dentro de tres días es mi cumpleaños y para demostrarme lo mucho que me quiero me he comprado un regalito y lo he envuelto en papel de charol de color turquesa. Aunque ya sé de qué se trata, no pienso abrirlo hasta ese fatídico día en que celebraré que soy más viejo que Matusalén, su tía y su primo, juntos. Se trata de un precioso laxante en gotas, fabricado con hierbas naturales y que, según reza su prospecto, no produce trastornos digestivos, es decir, que una vez que me tome una dosis no tendré que correr al váter ni aguantar esos repelentes sonidos parecidos a una mascletá de los hermanos Caballer con que nos obsequian el resto de productos que actualmente se comercian para el mismo fin. Al principio dudaba entre este presente o un yate de 16 metros de eslora, pero al meditar sobre el precio de ambos, la razón se impuso a la megalomanía y en estos instantes estoy totalmente convencido de que mi decisión fue la más correcta. El barco puede demorarse hasta el año próximo o incluso al siguiente, no me importa esperar, ¿acaso no es lo primero que aprendemos en esta vida en la que glorificamos las posesiones y olvidamos que nacimos desnudos, indefensos y cubierto de pingajos malolientes?

Está claro que con un yate y una buena gorra de marinero con visera rígida y otomán cubriendo mi calva me sentiría más seductor, pero diantres, también puedo parecer sexy con el intestino vacío y, sobre todo, con la cara relajada y con el aspecto dichoso que proporciona una magnífica evacuación. Como ya sabes, existen multitud de maneras para conseguir un cachito de felicidad sin gastarse una fortuna; algunos lo consiguen por medio de ansiolíticos, que son baratos y te permiten olvidar fácilmente los problemas que aprisionan, otros, simplemente raptan y descuartizan con un cuchillo de cocina a algún incauto y los hay que, como yo, se contentan con cualquier cosa, pues conocen cada uno de los disfraces que utiliza el bienestar para presentarse de improviso en sus existencias, hasta entonces aburridas y previsibles.

Mi presente de aniversario sólo me ha costado 4 euros y el papel que sirve de envoltura treinta céntimos. Podría haberme gastado incluso menos si hubiera sustituido el magnífico oropel del envoltorio por un folleto de Alcampo impreso en papel reciclado, pero no hubiera quedado aseado. Y hasta el día de hoy, lo único que no soporto, excluyendo la imbecilidad humana ya sea congénita o adquirida, es el descuido y el abandono, consciente o involuntario. Ya me abandoné una vez hace bastantes años, y cuando logré volver a encontrarme después de multitud de fallidos intentos, lo único que pude sacar en claro es que es preferible estar muerto, con el cuerpo descomponiéndose y licuándose en un perfecto estado de descomposición cadavérica, antes que parecer que quieres morirte pero que no te atreves a dar el fundamental e irreflexivo paso. Con esto no quiero decir que la muerte sea algo deleznable, pues existen diferentes maneras de llegar a ella sin que la gente cuchichee por las esquinas. No sé si me explico bien, seguramente no. Siempre me sucede lo mismo cuando intento hablar o escribir sobre cualquier forma de ocaso, ya sea natural o premeditado.

Dentro de un rato iré a Mercadona, es posible, sólo P-O-S-I-B-L-E que me compre, o mejor robe, cincuenta y una velitas, de esas tan graciosas con forma de estrellita que se utilizan para adornar las tartas; el problema es que no quiero adquirir una tarta, ya que engordan y sus disacáridos blanquecinos desdoblados por hidrólisis en dos monosacáridos afectan a la salud en forma de indigestión descontrolada, trastornos epidérmicos y caries costosísimas de reparar. Pero podría pincharlas en una lustrosa manzana Fuji o Reineta y soplarlas hasta que me quede tísico o sin aire en los pulmones. Desde luego no sería una manera demasiado ortodoxa de celebrar una fiesta, pero a mí... ¡ya nada me importa!


Un besazo.

Email del 10 de enero 2013

Michael Sowa, Their master's voice. sXXI


Hola:


Ayer por la noche, sobre las once, salí a pasear por las calles de mi barrio; hacia un frio terrible y la gente caminaba a toda velocidad, seguramente para llegar lo antes posible a sus destinos y poder desembarazarse de los abrigos, bufandas y gorros de lana. Mientras me dirigía a algún lugar indeterminado, pensando en el paso del tiempo y cómo afecta este a la manera de percibir las circunstancias, vi a un perro defecando en la acera con cara satisfecha y a su dueño de aspecto desaliñado riéndose de la gracia de su mascota de una forma bobalicona y francamente degenerada. Aunque sentí unas ganas terribles de recriminar su dejadez, y sobre todo, la forma de educar a su "amiguito" de cuatro patas y trufa negra y húmeda, decidí cruzar al otro lado de la calle y hacer como si sus mierdas y risotadas no fueran conmigo. Caminé durante lo que me pareció una eternidad, pero seguramente no serían ni veinte minutos, y me detuve frente al letrero luminoso de un bar. Me apetecía tomar algo caliente, pero al mismo tiempo no tenía ganas de pasar al interior, donde un par de borrachos sentados en una mesa cantaban alegres canciones, seguramente inventadas, mientras se daban palmaditas de satisfacción el uno al otro. Tú me conoces bastante bien y sabes hasta dónde llega mi odio por la chusma que no puede contenerse y que necesita público para sentirse vivos. Si hubiera entrado, lo más probable es que hubiera acabado echándoles una mirada furtiva repleta de odio y asco, algo que seguramente no necesitaban los pobres idiotas en esos momentos, así que en menos de cinco segundos decidí seguir con mi deambular indeciso hasta que de repente me encontré nuevamente con el imbécil de antes y su sufrido chucho que se dirigían -supuse- hacia otra acera inmaculada para dejar sus huellas efímeras. Pero me equivocaba. El tipo ató a su fábrica de heces a una señal de tráfico, entró en el bar con pasos firmes y decididos y se sentó junto a los beodos que todavía entonaban la misma cantinela desafinada. Como empezaba a quedarme helado y se hacía tarde me dirigí hacia mi casa recorriendo el mismo trayecto a la inversa, hasta que noté cómo mi pié izquierdo resbalaba sobre algo que tenía el aspecto de una mierda canina, la misma que media hora antes había visto fabricar y depositar sobre los ladrillos de la acera. De repente me entraron unos deseos inhumanos de cogerla con un papel, regresar al bareto y estampársela al subnormal asocial en la cara, pero me contuve tragando bilis y escupiendo saliva sobre mi zapato para limpiarlo.

Hacía meses que no paseaba a esas horas, supongo que desde el verano, pero te puedo asegurar que no pienso volver a hacerlo hasta que el último cenutrio de la tierra sucumba bajo el peso de su propia estupidez.


Un beso.

miércoles, 9 de enero de 2013

Email del 9 de enero 2013

Rene Magritte, The infinite recognition. 1963


Querida amiga:


Todas las conversaciones, por muy interesantes que sean, siempre llegan a un punto en que hay que detenerlas, sobre todo, para que no se conviertan en un cúmulo de despropósitos y vacuidad a partes iguales. Personalmente, intento no mostrarme demasiado elocuente cuando el interlocutor es muy indeciso o no sabe bien cómo articular las frases, pero por el contrario, cuando de la boca de este surge un torrente logorreico de palabras perfumadas y congruentes, siento la necesidad de cortarle continuamente, quizá en un vano intento de que sienta que está perdiendo el tiempo intentando dar coherencia a su retórica. Porque lo que realmente me interesa de cualquier diálogo es transformar los conocimientos individuales, tanto del emisor como del receptor, en este caso yo, en cacofonía verborreica fácilmente olvidable. No me interesan los coloquios profundos ni las chácharas perdurables. No tengo el suficiente tiempo como para enamorarme de una conversación, a menos que esta invariablemente acabe en confusión, desorden y desconcierto.

Puedes pensar que esta forma de afasia inducida con la que me enfrento a cada intento de diálogo, no es más que una manera de zafarme de los problemas inherentes a la razón o a la sociabilidad. Pero después de tantos años perdidos escuchando palabras inconexas, desafortunadas y carentes de verdadero significado, he aprendido a no esperar demasiado de la inelocuencia disfrazada de elocuencia; de la falsa fluidez transformada en inexpresividad pueril; de las conexiones corrompidas que destruyen cada uno de los intentos de expresar algo, en definitiva, de mejorar nuestras vanas expresiones de gloria (humana) y desconcierto (animal).

Existen cerca de 7000 idiomas y dialectos, pero a la hora de exteriorizar las emociones, sólo los gruñidos tienen algún sentido. Han tenido que pasar casi 51 años para darme cuenta de mi ingenuidad infantil que pensaba que las palabras habían sido inventadas para engrandecer un peligroso defecto de la creación: el idealismo.


Un abrazo.

martes, 8 de enero de 2013

Email del 8 de enero 2013

Glenn Brown, You Never Touch My Skin in the Way You Did and You've Even Changed the Way You Kiss Me.1994


Querida:


En un severo ataque de falsa infatuación he decidido creerme insoportable, y para llevar a término mi alarmante vacuidad interior, no se me ocurre otra cosa que repartir caricias a la sombra que dibuja mi figura cuando el sol se desliza por la ventana. Aletargado por completo por la indisimulada falta de escrúpulos, y sobre todo, por el maniqueísmo indecente que se atrinchera en mi forma de entender el comportamiento social como un arte en sí mismo, ya no me queda otro remedio que encerrarme en una ergástula de vidrio incoloro y trasparente, manufacturada con residuos tóxicos, carbonato de sodio y arena de sílice, de la que no pienso escapar jamás. Poco importa que las sonrisas prostituidas que acechan en el exterior legitimen mis continuos errores. Me es indiferente que tras esas máscaras se encuentren formas de vida inteligente. Ya no puedo soportar este continuo fluir de banalidades que no me aportan demasiado, por no decir nada. No existo. No existo. No existo.


En un decisivo ataque de falsa modestia he decidido creerme sexualmente inolvidable, y para llevar a término la desconcertante sicalipsis que explota en mi interior, no se me ocurre otra cosa que hacerme actor gerontofilico-porno especializado en calentar ancianas en tacatacs o postradas definitivamente en la cama. Asqueado casi por completo por la dificultad para comerciar con mis fluidos, y sobre todo, por el precio  indecente y lascivo de estos en el mercado cárnico actual que presupone lo que es de buena o mala calidad, me resigno a que me proporcionen unos buenos dividendos con los que mantener mi adicción a los dulces y al azúcar. Poco importa que los cuerpos desnudos, perfectos y recubiertos de aceite de romero se aparezcan como fantasmas en mis sueños. Me resulta indiferente saber hasta dónde puedo llegar. Ya no puedo aguantar contemplar delante de mí todos esos traseros moviéndose como peonzas cuando camino por la calle. Quiero morderlos todos. Quiero morderlos todos. Quiero morderlos todos.


En un severo ataque de enajenación mental he decidido creerme un salmonete, y para llevar a término esa locura que me corrompe, no se me ocurre otra cosa que introducir la cabeza en un recipiente de plástico bastante similar a un cubo de fregar el suelo relleno de agua y sal a partes iguales. Asfixiado por la demencial cantidad de sal, y sobre todo, por la concentración de yodo de esta última, ha llegado un momento en que no he podido soportarlo y he tenido que sacar la cabeza y respirar del aire viciado que entra por la ventana, repleto de partículas humanas y aroma de fajas de mercadillo. Me importa bien poco en estos instantes volver a ser persona en lugar de pescadito. Me resulta totalmente indiferente saber que estoy condenado a ser el mismo toda mi vida. Ya no puedo soportar este incesante dolor de cabeza que me trastorna por completo. Voy a volver a matar. Voy a volver a matar. Voy a volver a matar.


Como verás, son tres versiones sobre un mismo tema: la incapacidad para escribir algo decente y con valor real. Las tres versiones son tan falsas como mis ganas de enfrentarme con el destino; de todas formas, elige una y olvida las otras dos; o no elijas ninguna y escribe tú misma la que creas que podría ser la verdadera y la definitiva; o envía este email a la papelera o transfórmalo en spam, pero sal inmediatamente de casa con destino al centro de la ciudad y ... ¡cómprate unos botines de piel sintética!


Un saludo.

lunes, 7 de enero de 2013

Email del 7 de enero 2013

Bansky


Querida:


En todos estos días que llevo sin escribirte he hecho un montón de cosas: he comido caramelos sin azúcar, me he empachado, he robado una gamuza a un representante de gamuzas, ya sabes, de esas que recogen todas las partículas de polvo gracias a las microfibras cargadas electroestáticamente y después te cantan "Bombón asesino" de King África en sol mayor, y hasta me he metido en una peluquería y les he vacilado ordenándoles que me lavaran el pelo con un champú anticaída. Pero la que me ha dejado más satisfecho, o realizado, o como diantres quieras llamar al pseudo-orgasmo que se experimenta cuando se aprende algo, ha sido releer un puñado de hojas de la Biblia a voleo, y volver a comprobar la cantidad de historias e ideas demenciales que relata. Tú y yo sabemos que las religiones sólo sirven para emponzoñar los cerebros de los ilusos que caen bajo sus abyectas redes, pero entre todas las religiones, hay una, la católica, que me hace descojonarme más que el resto. Quizá sea porque la tengo más cerca, y con eso no quiero decir que mi vecino sea un ferviente devoto, pues el sólo cree en la botella de tequila barata y sus misterios insondables. Esta secta y sus innumerables desviaciones no sólo se dedica a encumbrar a los buenos y guapos de la historia (su historia prefabricada a conveniencia), sino que van más lejos, mucho más lejos de lo que su desfachatez e insolencia dejaría entrever: reivindican a ese fantoche traidor llamado Judas Iscariote y santifican a Poncio Pilatos, por ponerte unos pocos ejemplos. Estoy seguro de que si en aquella época hubiera existido un personaje llamado Rubrunculaoumzumzum, que hubiera estado cerca de Jesús cuando este escupía a las ratas en el desierto, ahora tendría varias escisiones cristianas que lo alabarían. Incluso se harían llamar "los Rubrunculaoumzumzumneos" y todos los primeros miércoles de cada mes sacrificarían un cordero o una lesbiana -lo que encontraran primero- a su Salvador omnipotente.

Naturalmente, no sólo he perdido el tiempo comiendo golosinas y leyendo sandeces religiosas, también me he dedicado a intentar hacer levitar a uno de mis zapatos con el poder de la mente; desgraciadamente la tentativa ha resultado fallida y lo único que he conseguido es que estalle. ¡No sabes lo que me ha costado recoger la plantilla absorbente de la parte alta del armario ropero! , pero por lo menos he aprendido una lección que no tiene precio: ¡jamás intentes concentrarte en algo mientras te rascas el espinazo con un rascaespaldas!

Hoy es lunes, y como casi todos los lunes voy a meditar seriamente sobre los martes, que es el día que utilizo para olvidarme de que existen los aburridos domingos. Posiblemente me acueste a la misma hora que algunos "machotes" dedican a pegar a sus mujeres mientras estas piensan en ranas que se convierten en príncipes o sapos que se transforman en reality shows. Nada tiene sentido en esta función. Intentar escabullirse antes del tercer y postrero acto es una especie de rebelión condenada al fracaso. Hemos sido concebidos para aplaudir, aunque no nos haya gustado la representación. Por esa razón, cuando salga del teatro en que hemos convertido nuestras monótonas vidas pienso pedir que me devuelvan el dinero. Te doy mi palabra de honor.


Un beso.

jueves, 3 de enero de 2013

Email del 3 de enero 2013

Richard Hess, Insomnia. SXXI


Hola:


Lo bueno que tiene el insomnio es que durante ese largo espacio en el que la vigilia se impone a la relajación puedo repasar los productos de alimentación y limpieza que necesito y componer una futura lista de la compra. El problema surge cuando en lugar de apuntar lo que necesito, a mi cerebro le da por repasar lo que no necesito.

Lista del martes 1 de enero.

Comprar:

1 Esternocleidomastoideo
2 Enagüillas
1 Mancera
1 Almocafre
1 Nonius
2 Acendrados con forma de prismatoide paralelepípedo
1 Escabel anti-urente
3 kg de gallofas
1 Excerpta completa de aljofifas del siglo XIX

No hace falta que te explique lo mucho que me costó buscar en el diccionario algunos de esos "productos", por llamarlos de alguna manera. A decir verdad, excepto el primero que me sonaba por la letra de una canción, el resto me parecían palabras inventadas por un académico demente al que le han escondido sus calcetines de lana favoritos. Pero, por favor amiga mía,  permíteme que te copie un par de versos de la canción de la que te he hablado hace unas pocas líneas:

"Mi chica tiene un esternocleidomastoideo voluptuoso y sexy,
aunque no se lo veo (no se lo veo, oh, no se lo veo)
puedo notarlo (puedo notarlo, si, puedo notarlo)
cuando intento estrangularla con las manos. Oh yeah. Oh yeah."

Llegados a este punto es posible que te preguntes cual es la razón por la que mi cerebro puede redactar listas repletas de palabras que desconoce, pero yo me pregunto cómo es posible que recuerde letras tan estúpidas como la anterior sin sufrir un trastorno o crisis energética cerebral. La respuesta no es sencilla, y más tratándose de mi cerebro, desgastado por el incesante uso y en estado de shock desde que descubrí, hace un motón de años, a mi abuela paterna horadando frutos secos con una barrena de mano sin manija.

Escribir sobre la dificultad para conciliar el sueño es como fregar con lejía perfumada un suelo inexistente, es decir, una autentica estupidez, sobre todo cuando el que escribe no sabe distinguir entre la inexistencia, la animadvertencia, las flatulencias o la plenipotencia. No existe una causa concreta para el desvelo; por lo menos eso se puede leer en el "Tratado sobre el insomnio, el bostezo y los leotardos", escrito en 1954 por el neuropsiquiatra y transformista francés Edouard Benoit-Schoemacker Pegouret. Según esta eminencia, la falta de sueño en los humanos y las terneras se debe en un 99.9 % a una razón que desconoce, aunque promete escribir sobre ella cuando descubra algo o su casera quiera ponerlo de patitas en la calle por falta de pago, lo que suceda primero.

Lo que está claro es que hay varios factores que alimentan dicho trastorno:

a) El estrés
b) La ansiedad
c) La depresión
d) Los números rojos en la cuenta bancaria

Mientras que los tres primeros pueden combatirse por medio de chistes sobre polacos, nanas  o incluso fármacos polivalentes, el cuarto es irremediablemente persistente y su cura no está al alcance de pobres, indigentes, mendigos o ludópatas desquiciados. Mi abuela, la que perforaba cacahuetes o almendras, tenía un remedio infalible para hacer dormir a su marido cuando quería lavarle sus calzoncillos preferidos sin que este notara su ausencia (la de los calzones, no la de mi abuela). Como ya te he contado en alguna ocasión, mi abuelo odiaba cambiarse de ropa interior, pues temía que al hacerlo perdiera parte de su gallardía. Te adjunto los ingredientes de dicha receta:

150 gr. de talco en polvo
235 gr. de ralladura plástica
50 gr. de azúcar
Un chorrito de alcohol etílico
1 cucharadita de formol

Una vez preparado el coctel narcótico mojaba en él un chupete de una sola pieza y se lo introducía en la boca a su conyugue mientras le enseñaba un pezón estimulado. Parece ser que la formula era tan efectiva que un día tuvo que despertarlo cantándole una canción tirolesa al oído mientras que con las manos embutidas en unos guantes de soldador estrangulaba al gato.

Hace algunos años, no demasiados, descubrí que la mejor forma para conciliar el sueño era contar hipopótamos. Algunos cuentan ovejas, yo contaba mamíferos artiodáctilos, y te aseguro que durante cierto tiempo funcionó, pero tuve que dejarlo porque los hipopótamos me recordaban a una novia que me dejó cuando se enamoró de un arquitecto patizambo, y desde entonces, me he convertido en una lechuza profesional altamente cualificada. No es que me fastidie el hecho de no poder dormir más de tres horas seguidas, lo que verdaderamente me joroba es que durante esas tres horas, mis sueños -y ya te he contado algunos- me producen auténtico pavor.

Cuando pueda ahorrar algo de pasta, lo primero que haré será visitar a un brujo watusi que por medio de una pócima elaborada con piel de ranas, excrementos de abogados insatisfechos y col lombarda, produce un absorbente sopor que dura catorce horas y del que, según los que la han probado, se despierta maravillosamente reconfortado y con ganas inusitadas de comerse el desayuno, y en ocasiones, el mundo.


Un abrazo muy fuerte.

miércoles, 2 de enero de 2013

Email del 2 de enero 2013

Christian Edler, Moonstruck. sXXI


Querida:


Han pasado aproximadamente 13.700 millones de años desde la explosión que llamamos big bang, y desde entonces, esa energía del principio de los tiempos repleta de hidrógeno y helio ha creado y transformado completamente el Universo. Ahora, en estos mismos instantes, nosotros, los simios erguidos concebidos con residuos del polvo estelar y en disposición de un cerebro más o menos privilegiado, nos lamentamos por fruslerías como la deficiente calidad de absorción del papel higiénico más económico o la poca resistencia de las juntas de goma de las ollas a presión.

Aunque generalmente mi cerebro se encuentra en una fase o ciclo al que podríamos denominar de "letargo auto-inducido", en algunos momentos -sobre todo cuando la idiotez y la majadería externa se inmiscuye y apodera de mis circunstancias, transformándolas en una orgía de memeces intranscendentes y despropósitos desconcertantes- se nutre de una especie de pulsión antropófaga arrolladora que condiciona las respuestas de mi cerebro y que al mismo tiempo determina la irrealidad asfixiante que paraliza mis deseos de agarrar por el cuello a parte de la población activa.

Si quieres que te sea asquerosamente sincero, me siento como hierro oxidado por oxigeno. Escuchar las palabras que salen de algunas bocazas está pasándome factura. Y el precio no es la ganga que los cándidos erróneamente habían calculado.


Un abrazo.